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Cien años del gas mostaza, el «rey de los gases»

En la noche del 12 al 13 de julio de 1917, el Ejército alemán lanzaba proyectiles cargados con una nueva arma química en el preludio de la tercera Batalla de Ypres. El ataque causó más de 2.000 bajas entre las tropas británicas. Los alemanes habían almacenado grandes cantidades de estos proyectiles químicos marcados con una cruz amarilla, con el fin de realizar una dura campaña contra los aliados en el saliente de Ypres.

El nuevo agente químico, el sulfuro de bis(2-cloroetilo), pasó a conocerse como iperita, en referencia a su empleo en Ypres, y como «gas mostaza», por el olor de los vapores que describían los combatientes próximos a las zonas donde se producía la detonación de la munición. Sin embargo, la iperita no es un gas a temperatura ambiente sino un líquido que se evapora lentamente, persistiendo un tiempo considerable en la zona afectada.

La iperita se sintetizó por primera vez en el siglo XIX, pero no fue hasta la Primera Guerra Mundial, entre 1916 y 1917, cuando dos químicos alemanes, Lommel y Steinkopf, desarrollaron un proceso de producción a gran escala. Ya en 1915, el Centro de Porton Down en el Reino Unido había barajado su uso como arma química, pero sería rechazada por no considerarla suficientemente letal. Enfadados por la decisión, los científicos británicos que habían trabajado en el programa colocaron una gota de iperita en la silla del director del centro, quien no podría sentarse durante un mes debido a la lesión que le produjo.

Hasta la incorporación de los proyectiles de iperita en la Primera Guerra Mundial, las armas químicas empleadas consistían en bombonas para la dispersión de gases, como el cloro o el fosgeno, y proyectiles cargados con líquidos muy volátiles, como el difosgeno, que una vez inhalados tenían un efecto sofocante y que persistían poco en la zona en la que eran empleados. Desde el 22 de abril de 1915, cuando los alemanes emplearon por primera vez esta táctica, la máscara de gas formaba parte del pertrecho habitual de los combatientes de todos los bandos.

Pero la iperita no solo producía lesiones en las vías respiratorias, sino también en la piel, de ahí que el empleo de las máscaras no proporcionara protección suficiente. Los primeros equipos para la protección corporal tardaron en estar disponibles, y solo para un pequeño número de tropas especializadas en labores de descontaminación. Un contratiempo añadido era que los efectos no se manifestaban hasta pasadas varias horas, de manera que el personal expuesto no era consciente de estar en contacto con una sustancia tóxica. Pasado ese tiempo, aparecían las dolorosas ampollas en la piel que causaban la incapacitación de la persona. Esto entrañaba un problema grave, ya que un combatiente incapacitado, al contrario que uno muerto, requería de evacuación y tratamiento médico, consumiendo recursos logísticos materiales y personales.

Según los registros del Ejército británico, aproximadamente un 80% de los iperitados podía volver a su puesto entre 4 y 8 semanas después de la exposición. Hubo incluso tropas que decidían autolesionarse para evitar continuar en combate y que buscaban intencionadamente exponerse a la iperita, hecho que consideraban mejor alternativa que dispararse en una pierna o en un brazo. Un soldado canadiense iperitado en Ypres describía sus síntomas como una «agradable y suave peste» en comparación con los que padecían sus compañeros heridos por munición convencional.

La eficacia de la iperita en los ataques alemanes hizo que se ganase el título de «rey de los gases» y que los Ejércitos aliados iniciaran los preparativos para su empleo. El propio Adolf Hitler en Mein Kampf narra cómo en un ataque británico, en octubre de 1918, sufrió sus efectos cuando servía como mensajero en el 16º Regimiento de Infantería Bávaro de Reserva. Sin embargo, este hecho ha sido puesto en tela de juicio por algunos historiadores.

A lo largo de la Primera Guerra Mundial se utilizaron unas 12.000 toneladas de iperita y las armas químicas, en general, causaron más de 1,3 millones de bajas, incluidas 100.000 víctimas mortales. Si bien el uso de armas químicas no fue decisivo en el resultado final de la guerra, sí lo fue en muchas batallas. Además, no solo hay que tener en cuenta el número de bajas físicas que provocaron, sino los importantes efectos psicológicos que tenían sobre los combatientes, así como la disminución de su operatividad al tener que utilizar la máscara de protección.

Finalizada la guerra, los servicios de guerra química y la industria de EE. UU., Francia y el Reino Unido iniciaron una campaña para fomentar la idea de que el arma química era el arma del futuro. Se llegaron incluso a poner en marcha campañas publicitarias para intentar explicar que las armas químicas eran más «humanas» que las convencionales, con absurdos mensajes sobre sus supuestos usos pacíficos, como la eficacia de la iperita para tratar la tuberculosis.

La iperita pasó a ser el principal agente de los arsenales químicos de todos los países que decidieron poner en marcha programas con esta nueva arma. No resulta, por tanto, extraño que se emplease en distintos conflictos armados, como fueron los casos de España en la guerra del Rif en la década de 1920, Italia en Etiopía entre 1935 y 1936, y Japón contra China desde 1938. En el teatro de operaciones europeo de la Segunda Guerra Mundial todos los bandos estaban preparados para el empleo de armas químicas, pero tenían recelo de ser los primeros en emplearlas por el riesgo de contraataques similares, un claro ejemplo de su importante poder disuasorio. Aun así, se dieron casos puntuales en los que algunos mandos militares, sin autorización de sus superiores, decidieron emplear armas químicas en situaciones tácticas desesperadas.

Durante la Guerra Fría, la producción y almacenamiento de iperita continuó, sobre todo en las grandes potencias. Se denunció su empleo en la guerra civil de Yemen del Norte a mediados de los años 60 y, entre 1983 y 1988, Irak utilizó 1.800 toneladas en la guerra contra Irán, donde las armas químicas causaron más de 45.000 bajas. Con la entrada en vigor de la Convención de Armas Químicas en 1997, se declararon, a nivel mundial, unas 18.000 toneladas de iperita de un total de 70.000 toneladas de armas químicas. Gracias a este tratado internacional, a fecha de hoy, un 95% de los arsenales químicos declarados ya han sido destruidos, aunque cuatro países –Corea del Norte, Egipto, Israel y Sudán del Sur–, algunos de ellos sospechosos de poseer armamento químico, todavía no se han adherido a la Convención.

A pesar de los importantes logros conseguidos por la Convención en el desarme y la no proliferación, la amenaza química no ha desaparecido. A los recientes ataques químicos en Siria hay que añadir el interés que el terrorismo yihadista ha mostrado por acceder a este tipo de armamento. De hecho, procedimientos para sintetizar iperita ya se probaron en los antiguos campos de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán y siguen apareciendo en publicaciones electrónicas vinculadas al terrorismo yihadista. Estos métodos han sido heredados por el Daesh para llevar a cabo ataques en Irak y Siria desde el año 2014. Si bien la mala calidad de la iperita obtenida no permite causar un elevado número de víctimas, el que continúen empleándola deja claro que el terrorismo yihadista es consciente de su importante efecto psicológico para desmoralizar a las tropas y para provocar miedo y pánico entre la población. Todo esto apunta a que, después de cien años, el reinado de la iperita aún no ha finalizado.

 

El teniente coronel René Pita es jefe del Departamento de Defensa Química de la Escuela Militar de Defensa NBQ.

El teniente coronel (reserva) Juan Domingo es especialista en Defensa NBQ y editor de la página web cbrn.es.

Fritz Haber, un químico en tiempos de guerra

Un día tal y como hoy, de hace 83 años, el 29 de enero de 1934, fallecía en  Basilea (Suiza), a la edad de 65 años, el químico alemán de origen judío, Fritz Shimon Haber.

No vamos a realizar ahora una biografía de Fritz Haber, solamente vamos a resaltar algunos aspectos de su trabajo como químico, que de no ser por la guerra, seguro le hubieran proporcionado un mayor reconocimiento mundial.

Casi todos los estudiantes de química cuando se les pregunta acerca de Haber, recuerdan el ciclo de Born-Haber y la síntesis del amoníaco mediante el método Haber-Boch. Los lectores, estudiosos y especialistas sobre el tema de la guerra química quizás recuerden a Haber como el “padre” de la guerra química, y quizás recuerden también el principio o regla de Haber en relación con la toxicidad de las sustancias químicas.

Fritz Haber fue ganador del premio Nobel de química, fue un extranjero miembro asociado de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, fue el desarrollador de un revolucionario proceso industrial, la síntesis del amoníaco a partir del nitrógeno del aire, que permite la fácil obtención de fertilizantes y explosivos, fue director del prestigioso Instituto Kaiser Wilhelm, en Alemania, y fue sobre todo, pese a su ascendencia judía, un gran químico y patriota alemán1.

Como dijo el propio Haber: ” Durante el tiempo de paz un científico pertenece al Mundo, pero durante el tiempo de guerra pertenece a su país”2.

 

La química y Haber

En 1886 Haber ingresó en la Universidad de Heidelbeg para cursar estudios superiores de Química con Robert W. Bunsen (1811-1899, famoso por el descubrimiento de espectroscopio y del cesio y del rubidio) como maestro, pasó luego a la Universidad de Berlín, bajo la tutela de August Wilhelm von Hofmann (1818-1892, famoso químico orgánico), y completó su formación superior en la Escuela Técnica de Charlottenberg (la actual Universidad Técnica de Berlín), bajo la tutela de Karl Liebermann (1842-1914, famoso por la síntesis de la alizarina)3.

Concluida su formación universitaria, inició su vida laboral, primero ayudando como químico a su padre en el comercio que éste tenía, y luego como ayudante del profesor Georg Lunge (1839-1923), en su laboratorio en el Instituto de Tecnología de Zurich (Suiza). Finalmente se desplazó a Jena para colaborar con Ludwig Knorr (1859-1921, famoso químico orgánico) y con Knorr publicó un trabajo sobre los ésteres del acido diacetosuccínico3.

En 1894, comenzó a trabajar en el departamento de Tecnología Química de la Universidad de Karlsruhe, bajo las órdenes del profesor Hans Bunte (1848-1925), especialista en la química de la combustión. Influido por Hans Bunte y por Carl Engler, Haber se dedicó al estudio de los combustibles y, de forma muy especial, del petróleo, al que dedicó gran parte de sus investigaciones durante el largo período que pasó en dicha universidad (1894-1911). En 1896 Fritz Haber obtuvo el título de doctor con una tesis sobre la descomposición y la combustión de los hidrocarburos y en 1898, publicó el artículo “Grundriss der technischer Elektrochemie auf theoretischer Grundlage“, (Esquema de Electroquímica técnica basada sobre fundamentos teóricos). Entre otros temas, el artículo trataba la reducción del nitrobenceno, lo que despertó el interés de muchos químicos orgánicos sobre los procesos de reducción electroquímica3.

En 1905 publica su libro “Thermodynamik technischer Gasreaktionen“, (Termodinámica de reacciones en fase gaseosa), y en 1906 publica “Experimental-untersachungen über Zersetzung und Verbrennug von Kohlenwarsertoffen“, (Investigaciones experimentales sobre la descomposición y combustión de hidrocarburos). En 1906 es designado profesor de Química y Electroquímica Física y, más tarde, Director del Instituto de Física y Química de la Universidad de Karlsruhe3.

 

La fijación del nitrógeno

Fijación es la acción y efecto de fijar o fijarse, y también es la obsesión o idea fija. En el caso del nitrógeno la fijación hace referencia a la combinación de nitrógeno molecular con el oxígeno o con el hidrógeno para dar sustancias nitrogenadas, óxidos o amonio, que pueden incorporarse a la biosfera. Como el nitrógeno molecular, componente mayoritario de la atmósfera, es inerte y no es aprovechable directamente por la mayoría de los seres vivos, se generó en el mundo científico una cierta obsesión por el nitrógeno, buscando un procedimiento rentable para la “fijación del nitrógeno”.

La fijación de nitrógeno, junto con la fotosíntesis como fuente de energía, es la base de la vida en la Tierra. La fijación de nitrógeno proporciona el componente básico necesario para dos grandes grupos de macromoléculas, los ácidos nucleicos y proteínas4.

La investigación sobre la fijación de nitrógeno y su aplicación a la agricultura han estado presente a lo largo de todos los siglos, incluso antes de que se conociese la “fijación de nitrógeno”. Los romanos desarrollaron hace más de 2000 años el sistema de rotación de cultivos para mantener y mejorar la fertilidad del suelo mediante la fijación de nitrógeno por parte de las leguminosas. Ciertas bacterias, conocidas como diazótrofos son capaces de fijar el nitrógeno atmosférico en una forma nitrogenada disponible, el amonio4.

A finales del siglo XIX la revolución industrial había traído consigo un aumento sostenido de la población que requería una explotación creciente e irracional de los cultivos, de modo que algunos pensadores advirtieron que  la producción agrícola del momento, dependiente de los caprichos del clima y de la fecundidad del terreno venida a menos por siglos de cultivo, sería incapaz de satisfacer la creciente demanda de la población. A la humanidad sólo le quedaría una alternativa, la hambruna o la guerra5.

En una reunion en 1898, Sir William Crookes, Presidente de la British Association for the Advancement of Science (Asociación británica para el avance de la ciencia) presentó este tema como una potencial catástrofe inminente, y comentó que “encima de cada milla cuadrada de tierra y mar hay una columna de aire que contiene 20000000 toneladas de nitrógeno”. Las palabras de Crookes marcaron el inicio de una carrera entre los científicos y laboratorios para resolver el problema5,6.

En 1909  Firtz Haber hizo público el denominado proceso de Haber (que más tarde habría de ser perfeccionado por Carl Bosch), con el que era posible obterener amoníaco a partir del nitrógeno del aire y del hidrógeno conseguido por medio de la hidrólisis del agua. El método consiste en calentar una mezcla de nitrógeno e hidrógeno a una temperatura de quinientos grados centígrados, y someterla a una presión que oscila entre las doscientas y las mil atmósferas, en presencia de un catalizador constituido por limaduras de hierro, óxido de aluminio y óxido de potasio3.

Gracias al proceso de Haber-Boch se pudo obtener amoníaco, y por ende, ácido nítrico y nitratos, a muy bajo coste, bien para la fabricación de fertilizantes para uso agrícola, o bien para la fabricación de explosivos para fines militares. Gracias al descubrimiento de Haber, Alemania pudo afrontar la I Guerra Mundial sin temor a verse desprovista, con el paso del tiempo, de alimentos para la población y municiones para la guerra3.


La guerra química

En 1911, Haber había abandonado la Universidad de Karlsruhe para incorporarse, en calidad de Director, al célebre Instituto de Física y Electroquímica de Berlín-Dahlem (también conocido como Instituto Kaiser Wilhelm), cargo en el que sustituyó a un viejo conocido, Carl Engler3.

Iniciada la I Guerra Mundial el patriotismo llevo a Haber a enrolarse en el Ejército, pero su solicitud fue rechazada debido a su edad, 46 años. A pesar de ello, se ofreció para colaborar con el Ejército, y entre 1914-1919, durante la I Guerra Mundial estuvo al frente del Departamento de Guerra Química del Ministerio de la Guerra Alemán, y de alguna manera fue el responsable de las investigaciones que permitieron el empleo de algunas sustancias químicas, cloro, fosgeno e iperita, como método de guerra3,7.

Fritz Haber asistió a mediados de diciembre de 1914 a las pruebas con los proyectiles de T-Stoff, y quedó fascinado por esta nueva aplicación de la química. Haber llegó a la conclusión de que el cloro, un gas más denso que el aire, era un excelente candidato como agente químico de guerra,  pues además de disponer de grandes cantidades  del mismo, la BASF había conseguido almacenarlo en forma líquida, en bombonas metálicas y actuaba como un agente sofocante si se inhalaba. También pensó en el fosgeno, pero su disponibilidad en aquel momento era inferior a la del cloro8.

Tras arduos preparativos y a la espera de condiciones climatológicas adecuadas, el 22 de abril de 1915, a alrededor de las 5 de la tarde, los alemanes liberaron aproximadamente 168 toneladas de cloro que fueron empujadas por el viento hacia las trincheras aliadas, en forma de una nube amarillo-verdosa similar a una nube de ocultación8.

 

La regla de Haber

La regla de Haber establece que, para un determinado gas o vapor tóxico el producto, C × t = k, donde C es la concentración del gas (masa por unidad de volumen), t es la cantidad de tiempo necesario para respirar el gas, para producir un efecto tóxico dado, y k es una constante, dependiente del gas y del efecto. Por ejemplo, según la regla, sucedería que duplicando la concentración se reduciría a la mitad el tiempo necesario para conseguir el mismo efecto.

La regla de Haber es, literalmente, una nota en la historia de la guerra de los gases. En 1924, Fritz Haber publicó una serie de conferencias, una de ellas con el título “On the History of Gas Warfare”, (Sobre la historia de la guerra de los gases). En una nota al pie de una tabla que listaba algunas sustancias empleadas durante la guerra, como por ejemplo, fosgeno, cloroformiato de metilo, ácido cianhídrico, cloroacetona, bromuro de xililo y cloro, Haber escribió9:

“Puede obtenerse una medida sencilla y práctica de la toxicidad, suficiente para fines prácticos. Para cada gas de la guerra, la cantidad (C) presente por metro cúbico de aire, expresada en miligramos, se multiplica por el tiempo (t), en minutos, necesario para el animal experimente por inhalación de ese aire, el efecto letal deseado. Cuanto más pequeño sea este producto (C × t), mayor es la toxicidad del gas de guerra. En la tabla se dan algunos valores. Puede encontrase una información más detallada en la literatura médica. Los valores se obtuvieron mediante el empleo de gatos como animales de experimentación.”

La formulación original de la regla de Haber viene a decir simplemente que el producto de la concentración por el tiempo de exposición es una medida práctica de la letalidad aguda en gatos, nada más. La suposición de una respuesta constante al mismo producto C × t habría sido postulada en 1921 por el bioquímico y toxicólogo experimental Ferdinand Flury (1877-1947), en un artículo que abordaba la toxicidad aguda del fosgeno. La regla de Haber debería haberse llamado “regla de Flury”10.

 

El ciclo de Born-Haber

Antes de que finalizase la I Guerra Mundial, en 1917, el físico alemán Max Born (1882-1970) y Fritz Haber propusieron el denominado ciclo de Born-Haber como método para evaluar la energía reticular de un compuesto iónico11.

El ciclo de Born–Haber comprende la formación de un compuesto iónico a partir de la reacción de un metal (normalmente un elemento del grupo 1 o 2, alcalinos y alcalinotérreos) con un no metal (como los halógenos, el oxígeno u otros). Los ciclos de Born–Haber se usan principalmente como medio para calcular la energía reticular, que no puede ser determinada experimentalmente11.

 

De los pesticidas a las cámaras de gas

Finalizada ya la guerra, durante la década de 1920, las investigaciones llevadas a cabo en el Instituto Kaiser Wilhelm sobre gases tóxicos para su empleo como plaguicidas condujeron al desarrollo del Zyklon A, que fue utilizado como insecticida, especialmente como fumigante en graneros. Aprovechando el trabajo de Haber, durante la II Guerra Mundial el régimen nazi desarrollaría el Zyklon B utilizado en los campos de concentración para exterminar a  judíos, gitanos y otros grupos que el tercer Reich consideraba razas inferiores o socialmente no deseados2,12.

 

El oro del agua de mar

Finalizada la guerra Haber mantuvo su apoyo al Gobierno alemán y en 1919 puso en marcha un proyecto de extracción de oro del agua de mar, con vistas al pago de las elevadas compensaciones económicas impuestas por los aliados tras la pérdida de la guerra.

A partir de las estimaciones que había realizado el premio Nobel Svante August Arrhenius (1859-1927), según las cuales en el agua de mar habría al menos 6 miligramos de oro por tonelada de agua, Haber calculó que se podrían obtener 5 miligramos de oro por cada tonelada de agua de mar, pero muy a su pesar la cantidad que encontró resultó ser de tan sólo 0,001 miligramos por tonelada de agua. La extracción no resultaba rentable, y el proyecto resultó un total fracaso2,8,13,14.

 

Referencias

  1. “The story of the man who gave us the Haber’s law”, Hanspeter Witschi, Inhalation Toxicology, 9:201–209, 1997, http://www.tandfonline.com/doi/pdf/10.1080/089583797198213
  2. “Fritz Haber biography”, http://www.jewage.org/wiki/en/Article:Fritz_Haber_-_Biography
  3. “Biografía de Fritz Haber”, http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=haber-fritz
  4. “Catalysts for Nitrogen Fixation”, B. E. Smith, R. L. Richards & W. E. Newton, Kluwer Academic Publishers, 2004
  5. “Fritz Haber: The Damned Scientist”, Dunikowska & L. Turko, Angew. Chem. Int. 50, 10050 – 10062, 2011
  6. “The secret history of chemical warfare”, N. McCamley, Pen & Sword Books Ltd., 2007.
  7. “La quimica y sus contextos. El caso Fritz Haber”, Miguel Katz, https://www.mrecic.gov.ar/userfiles/Quimica%20y%20Civilizaci%C3%B3n%20-%20El%20caso%20Fritz%20Haber%20cap%209.pdf
  8. “Armas químicas-La ciencia en manos del mal”, René Pita Pita, Plaza y Valdés Editores, 2008
  9. “The story of the man who gave us the Haber’s law”, Hanspeter Witschi, Inhalation Toxicology, 9:201–209, 1997, http://www.tandfonline.com/doi/pdf/10.1080/089583797198213
  10. “Some Notes on the History of Haber’s Law”, Hanspeter Witschi, http://www.boerenlandvogels.nl/sites/default/files/H%20Witschi%20Haber’s%20Law%20Tox%20Sci%201999.pdf
  11. “Born–Haber cycle”, https://en.wikipedia.org/wiki/Born%E2%80%93Haber_cycle
  12. “The uses and abuses of biological technologies: Zyklon B and gas disinfestation between the first world war and the holocaust”, Paul Weindling, History and Technology, Vol. 11, pp. 291-298, 1994.
  13. “The Mineral Resources of the Sea-Chapter III Minerals from sea water”, John L. Mero, Elsevier Oceanography Series, Volume 1, 1965.
  14. “Das Gold im Meerwassers”, Fritz Haber, Z. Angew. Chem., 40: 303-317, 1927